


- Unir a su perfección física, docilidad y simpatía.
- Colocarse en la jaula erguido, sin descomponer su figura por ninguna circunstancia.
- Espontáneo para salir cantando nada más dejarlo caer en la canastilla, haga buen o mal tiempo, oiga o no ‘campo’, haciéndolo de recibo, por si hubiese alguna perdiz montaraz en las inmediaciones.
- Repetir las salidas, de cañón o jácara, hasta que la jaula comience a inquietar, ‘pintando’ la jaula y como diciéndole al cazador: “quítame de aquí porque no hay interlocutoras en jurisdicción”.
- En los escarceos, con preguntas y respuestas con las perdices del lugar, deberá quedarse siempre por encima de aquéllas.
- Utilizar la amplia gama de músicas que conforman el repertorio de los perdigones para atraer a las requeridas, pero sin caer en la monotonía, mezclando embuchaos, piñones y algún ronquío, adecuándolos a lo que demandan las campesinas.
- Ser valiente con las valientes y suave y blando con las pusilánimes campesinas.
- Recurrir al titeo, cañamoneo o llamada a comedero tanto para los machos como las hembras, escamosas o relojeras, para entrar en la plaza. Este recurso supremo es infalible.
- Quedarse en el ‘humo’ cuando suene el traquío y no incomodarse si alguna víctima queda aleteando, para lo cual es primordial disparar cuando la jaula esté curicheando.
- Terminar el celo con la misma tónica que lo inició, aunque cace todos los días, mañana y tarde. En conclusión: dialogar con el ‘campo’ para satisfacción propia y la del cazador.
- Y para terminar el pájaro tiene que cumplir unas cualidades, pero muy importante el cazador es quien hace un buen pájaro con su buen juicio y criterio.